Entre el Refugio y el Infierno

Cincinnati se ha declarado una ciudad santuario, respetuosa y amable con los inmigrantes. No obstante, a la mayoría de nuestros residentes hispanos, la vida diaria no le brinda la bienvenida.

Con llanto contenido, Maribel Trujillo Díaz transmite su dolor: “Nunca hubiera pensado que Dios permitiría todo este dolor que siento”.

Ella está hablando desde un lugar secreto en México, demasiado preocupada por su propia seguridad y la de su familia como para revelar la ciudad específica. Desde abril ha vivido en una casa alquilada por sus padres. Pasa su tiempo ayudando a su madre a vender ropa en un mercado callejero. Los domingos asiste a misa. Católica devota, la iglesia le da a Trujillo leves destellos de esperanza. Ora y recibe la comunión, encontrando fortaleza en Dios y en su voluntad para ella. Al regresar a su vida mundana y diaria, se desanima de nuevo.

Illustration by Megan Scherer


“No tengo el tiempo ni las ganas de interactuar con la gente. Estoy tan triste”, dice por medio de un intérprete. “Yo nunca pensé que estaría alejada de mi familia o de mis hijos”.

Durante 15 años, Trujillo vivió como una inmigrante indocumentada en Ohio, establecida específicamente en el norte de Cincinnati, en Fairfield. Allí llevó una vida sencilla con su esposo Gustavo y sus cuatro hijos, todos nacidos en EEUU: Oswaldo, Alexa, Gustavo y Daniela, entre los 4 y los 15 años de edad. A la familia le encantaba bailar – a Alexa, la música en inglés; a sus padres, las tonadas españolas- sobre el nuevo piso de madera, que ellos mismos instalaron en la sala A los niños les encantaba comer el pozole casero de Trujillo y ver películas como Indiana Jones o la favorita de Daniela, Frozen. (“Ella la veía una y otra vez”, dice Trujillo).

El 19 de abril, Trujillo fue deportada a México. Ella supo por una década que la amenaza era real después de que fue descubierta, durante los tiempos de Bush, en una redada en la central de procesamiento de pollo donde trabajaba. Ella era madre de cuatro hijos, y Daniela, quien padece de convulsiones frecuentes, requiere de un cuidado médico especial. Trujillo no tenía antecedentes penales y era una feligresa activa de su parroquia, St Julie Billiart, en Hamilton. En términos legales, ella no era para nada una “violadora”, una “criminal” o un “hombre malo”, como dice Trump.

Al alba de un bello miércoles de la primavera pasada, Trujillo fue trasladada de la sede central de inmigración regional y ejecución de aduanas (ICE) en Hamilton a la Cárcel del condado de Morrow cerca de Columbus, y de allí fue llevada en avión a la frontera con México junto con aproximadamente otros 100 deportados de todas partes del país. “Había madres que estaban amamantando y no podían hacerlo porque estaban lejos de sus niños. Había una mujer, madre soltera, que tenía que dejar a sus hijos con los vecinos”, dice Trujillo. “Era un sitio muy triste, un sitio lleno de tanta tristeza y tantas injusticias. No sabíamos qué estaba sucediendo con nuestros hijos o lo que nos iba a pasar a nosotros”.

Las circunstancias de Trujillo corresponden al peor de los casos entre inmigrantes indocumentados que viven en los EEUU. Su historia ha llamado la atención de The New York Times, The Washington Post y, aparentemente, de cada agencia de noticias importante, todas ofreciendo una variación del mismo titular: MADRE NO DELICTIVA DEPORTADA. Y sucedió en las afueras de una ciudad que no ha intentado aliviar la carga de inmigrantes en los últimos años. En 2015, el alcalde John Cranley manifestó que quería hacer de Cincinnati “la ciudad más respetuosa y amable con los inmigrantes en el país”. En enero declaró a Cincinnati una “ciudad de santuario”, término ambiguo de buenas intenciones que parece acogedor, aunque viene desprovisto de cualquier significado o estatus real. Las posturas indulgentes, retóricas y progresivas pintan la ciudad como un refugio posible para inmigrantes. Sin embargo, la realidad para aquellos inmigrantes-en particular los indocumentados que viven bajo el régimen presidencial actual en una ciudad con una población extranjera escasa- es muchísimo más complicada.


Sentado tras un escritorio vacío mientras se prepara para cambiar de oficina, Alfonso Cornejo tiene un grueso bigote gris y un acento español áspero. Es un experto en la comunidad de inmigrantes mexicanos en Cincinnati. Fue transferido de las oficinas de Procter & Gamble en la Ciudad de México a las sedes centrales locales de la empresa en 1988, viviendo aquí desde entonces. Ahora dirige su propia agencia de consulta y es presidente de la Cámara hispana de comercio en Cincinnati.

“Cuando llegué en 1988, había dos restaurantes mexicanos, ambos en el Kentucky del norte”, dice Cornejo. Si quería comprar piñatas o encontrar otros objetos de su cultura, tenía que viajar hasta Chicago. “Manejar cuatro horas solamente para conseguir un pedazo de tu alma”. Cornejo es un estudiante del pasado y presente de Cincinnati. Es una enciclopedia de censo y datos inmigratorios. Con frecuencia pregunta y contesta sus propias preguntas.
“Cuarenta por ciento de todas las empresas de Fortune 500 fueron creadas por inmigrantes. Kroger fue creada por inmigrantes. Macy’s. ¿Cuántas quieres?” Dice Cornejo. “Tú dices, bueno, ¿por qué? Cuando vienes desde afuera y miras adentro, ves cosas que no ves cuando solo has estado adentro”.

Mientras Cornejo bucea más a fondo en la historia inmigratoria de Cincinnati, cita un sentimiento común reiterado por activistas: “Somos una nación de inmigrantes, y muchos inmigrantes europeos fueron una vez acosados en formas semejantes a las que los inmigrantes mexicanos y latinos están siendo tratados hoy. En 1850, los inmigrantes alemanes representaban aproximadamente 29 por ciento de la población de Cincinnati, junto con los inmigrantes irlandeses que representaban el 12 por ciento.

Mientras los alemanes y los irlandeses empezaban a acostumbrarse a la región, la aversión hacia otros europeos creció. Un especial publicado por The Cincinnati Enquirer en 1903 decía: “Ochocientos mil extranjeros aterrizarán en América en 1903, de acuerdo con las cifras del gobierno, y la mayoría vendrá de Italia, Rusia, Hungría y Austria”. El artículo aclaraba desde luego por qué era importante destacar a cada uno de aquellos países: “En resumen, considerando que nuestros inmigrantes solían provenir de los inteligentes y robustos almacenes de Alemania, Gran Bretaña y Escandinavia, ahora los conseguimos casi todos de aquellos países que son en todo sentido los más física y mentalmente empobrecidos de Europa. Europa está literalmente botando su población sobrante sobre las costas americanas.”

En el último siglo-, la población de Cincinnati, como la de otras ciudades del Medio Oeste, ha disminuido precipitadamente. Solo el 4.3 por ciento de la población actual nació en otro país. En cuanto a número de habitantes extranjeros, está clasificada en el puesto 257 entre áreas metropolitanas, detrás de ciudades como Cleveland, Columbus, Detroit, Indianápolis y St. Louis (aunque, realmente, ninguna de estas se encuentra entre las primeras cien ciudades).

En cada oportunidad que se le presenta a Cornejo, alaba las virtudes de Cincinnati. Indica el aumento de restaurantes mexicanos y tiendas hispanas alrededor de la ciudad como algo positivo, y él cree que Cincinnati puede crecer aún más. Para lograrlo, sin embargo, Cornejo señala la falta de población emigrante, en particular de hispanos, sosteniendo que su presencia sería un factor clave. “Es una ciudad atractiva. Amo a esta ciudad. No obstante, hay un sentimiento de, tú sabes, no es para ti”, dice. “Si una ciudad o área metropolitana crece un 10 por ciento, su número de hispanos en esa área crece más del 10 por ciento. Tú dime, ¿por qué? La razón es que ellos proveen la energía humana necesaria para superarse.”

La Sala de audiencias hispana no es una organización de servicios sociales, pero Cornejo todavía responde a varias llamadas de socorro. “Si hay una cuestión que nos entusiasma intentar resolver, y no hemos podido hacerlo, es la intimidación (el bullying) de niños que parecen hispanos”, dice. “Pensábamos que había mejorado, pero ahora ha aumentado de nuevo”.

Los hispanos se destacan en Cincinnati. Eso, sumado a la elección del Presidente Donald Trump, quien promueve la discriminación inmigratoria y racial en su discurso público, parece haber reanudado las chispas de intimidación entre los miembros de la comunidad hispana, por no hablar de las crecientes miradas de reojo en Kroger. Para los inmigrantes indocumentados, aviva un temor que siempre ha existido.


Manuel y Gabriela Ávila empezaron su familia en Veracruz, México, un estado ubicado a 220 millas al este de la ciudad de México, en la costa del Golfo. Vivían en un hogar pequeño, sin agua corriente. “Un día hubo una gran tormenta que arrancó nuestro techo por completo”, recuerda Gabriela a través de un intérprete. (Los nombres de Gabriela y Manuel han sido cambiados debido a su estatus de indocumentados).

Los dos tuvieron a su primer bebé, cuyo verdadero nombre es Heyra, en Veracruz. Los dos trabajaban e intentaban equilibrar sus horarios con tal de que mientras uno estuviera trabajando, el otro estuviera cuidando a Heyra. (Era obvio cuando Manuel la cuidaba, porque el nuevo papá siempre parecía ponerle sus zapatos en el pie equivocado). Se dieron cuenta rápidamente de que las oportunidades de Heyra serían limitadas mientras vivieran en la miseria, entonces la pareja hizo planes para cruzar la frontera con los Estados Unidos. “Cuando decidimos mudarnos, no sabíamos exactamente lo que conllevaba, lo que iba a pasar”, dice Manuel a través de un intérprete. “Solo sabíamos que teníamos que hacer algo para ofrecerle un futuro mejor a nuestra nueva hija”.

Tenían que cruzar por separado, dejando a Heyra con sus abuelos hasta que estuvieran instalados en los EEUU. Con su ropa atada en una bolsa de plástico, Manuel atravesó el Río Grande y recorrió el sistema de aguas residuales escalando tuberías, no viendo luz solar hasta que llegó a San Antonio. A Gabriela le fue más laborioso. “Me detuvieron seis veces los cuerpos de seguridad, y hay gente en la frontera que es muy mala”, dice. Al cabo de un tiempo, la pareja se encontró en Kentucky del Norte y, cuando tuvieron trabajo fijo, volvieron a México para traer a su hija de cuatro años cruzando la frontera por Arizona. Manuel pasó las noches durmiendo afuera sobre la fría arena del desierto, mientras Gabriela y Heyra, su “amuleto”, se acurrucaban dentro de una camioneta.

Los Ávila han estado viviendo durante 17 años en Kentucky del Norte. Manuel trabaja como operador de grúa y Gabriela es ama de casa. Su familia ha crecido también, con el nacimiento de tres hijos más. En su pintoresca casa en una tranquila calle ciega, Manuel y Gabriela se sientan en su sofá. Sobre su cabeza, fotos enmarcadas de sus hijos en forma de árbol genealógico. Sobre la mesita de café, una biblia y un boletín de la iglesia. Sus vidas están establecidas en el norte, pero eso no quiere decir que vivan cómodamente. Día tras día recuerdan su estatus de indocumentados.

“Cuando mamá o papá salen, tú no sabes si lograrán volver”, dice Manuel. “Y si tú no vuelves, esa incertidumbre de no saber qué es lo que te va a pasar a ti o a tu familia es muy, muy difícil. No es algo normal o algo a lo que puedes acostumbrarte, es algo que tienes que aguantar”.

“Tratamos de vivir una vida silenciosa, lo más invisible posible”, agrega Manuel.

Su amuleto, sin embargo, se ha convertido en una voz para los derechos de los inmigrantes. Ahora estudiante de tercer año en la Universidad de Xavier, Heyra, de veintiún años, recuerda haber ocultado su estatus de indocumentada por mucho tiempo. “Cuando íbamos de viaje a algún lugar o manejábamos a cualquier distancia mi padre manejaba como un anciano”, dice ella. “Siempre ha sido muy consciente de que cualquier cosa puede pasar.” Manejar sin licencia de conducir es uno de los riesgos más grandes para un inmigrante indocumentado. Una infracción tan mínima como una multa por exceso de velocidad o la falta de una luz trasera puede llevar a la deportación. Para poder trabajar, no obstante, la mayoría tiene que conducir. Como sus padres, Heyra manejaba sin licencia de conducción siendo adolescente para ir a su trabajo en un restaurante mexicano. A diferencia de sus padres, sin embargo, ella ha compartido su historia abiertamente desde que era estudiante de secundaria en Rile. “Yo no tenía problema en decirle a la gente que yo no era ciudadana”, dice Heyra. Pensé que sería la única, con quien ellos se relacionarían a sabiendas, la única inmigrante cuya historia oirían.” En 2012, a Heyra le fue concedida la Acción aplazada para los niños llegados, o DACA, la cual le permitió conseguir su licencia de conducción y un permiso de trabajo temporal, aunque no le proveyó un estatus legal completo. Ella es a quien se refiere la gente por lo general como, “soñadora”, o bien, un niño traído a los EEUU por sus padres. (El nombre se origina de una propuesta de ley de gestación de largo plazo pensada para auxiliar a niños indocumentados, la cual nunca ha sido aprobada por el Congreso.) El 5 de septiembre, el fiscal general Jeff Sessions anunció que el programa DACA terminaría en seis meses. Días después, Heyra, quien no mide más de cinco pies, dice que no le sorprende. “Sabía que su fin siempre era una posibilidad”, dice ella.

“Lloré de verdad cuando anunciaron eso”, dice Gabriela. “Pero cuando vi que mi hija estaba allí y que luchaba aún con esperanza, eso me la dio a mí”.


DACA ha sido un paso positivo para muchos inmigrantes indocumentados, el cual les ha permitido abrir cuentas bancarias, manejar legalmente y no trabajar en negro. Las ramificaciones del programa, sin embargo, son complicadas para la comunidad hispana. Hay aproximadamente 128,000 inmigrantes indocumentados viviendo en Ohio y en Kentucky, pero solo 22,000 fueron calificados para DACA.

“DACA es como una cosa de amor/odio”, dice José Cabrera, un destinatario local de DACA. “Hay muchas cosas buenas con DACA. Pero también es un grupo marginado de gente. Por causa de DACA, hemos forzado la creación de otra minoría dentro de nuestra minoría. Empezamos a tener jerarquías de las buenas jerarquías contra las malas minorías. Hasta ahora (escuchas a menudo), estos son niños buenos, los trajeron aquí sin ninguna voluntad suya, lo cual aumenta la criminalización de mi mamá y mi tío”.

Cabrera, quien también es de Veracruz, recuerda cuando su madre y su padre lo entregaban a un coyote, o contrabandista, quien lo trajo a EEUU. El niño de cuatro años estaba envuelto en una manta azul y de un tirón fue arrebatado a su madre por el coyote. “Sentí que sus brazos me alejaban”, dice Cabrera. “Pensé que mi madre me había vendido”.

Después de una niñez complicada en la que vio a su padre, drogadicto abusivo, abandonar a su familia cuando José tenía 8 años, Cabrera se ha convertido en un activista ardiente para inmigrantes. Empezó a hablar por primera vez a los grupos estimados en miles siendo un chico de octavo grado, y ahora es el organizador del Programa inmigratorio de la justicia comunal y El centro de paz de la sociedad de educación juvenil (YES), iniciativas de Xavier. Cabrera piensa constantemente en formas de presionar al gobierno, inclusive a funcionarios locales, para ayudar a los inmigrantes, especialmente a los indocumentados. Menciona un fondo de becas para estudiantes indocumentados que empezó en la ciudad de Chicago. Cita los 12 estados, más Washington D.C., que permiten a inmigrantes indocumentados recibir una licencia de conducción. Quiere algo más significativo que declaraciones de ciudad santuario.

“Siento que detrás de todo, los funcionarios locales son buenas personas, están ayudando. Pero a veces pienso que a muchas personas se les olvida informarse sobre las personas a las que quieren ayudar”, dice Cabrera. “Están aprobando la legislación que dice que nos apoya, pero hay muy poco apoyo visible en la ciudad real. Yo creo que la mejor manera para apoyar a alguien es realmente preguntando, ¿qué necesitas de verdad y cómo podemos hacer eso una realidad?’”

La ciudad de Cincinnati ha tomado medidas concretas para ser más respetuosa y amable con los inmigrantes. En mayo de 2016, el Concejo votó para reconocer los documentos de identidad dados por la Coalición religiosa del área metropolitana de Cincinnati. La ciudad, junto con la Cámara de comercio, también crearon un portal de la red Compas para proveer asistencia a inmigrantes. Sin embargo, en parte porque el condado de Hamilton-no la ciudad- aplica el sistema carcelario, no ha habido ningún tipo de resistencia a leyes federales a nivel local que ciudades como Chicago y San Francisco han demostrado. En una declaración por medio del correo electrónico, Cranley indicaba los fallos de este borroso punto medio, manifestando que la resolución de ciudad santuario fue aprobada “con el propósito de asegurar que la ciudad siga siendo una ciudad que brinde la bienvenida a todos y que sea una ciudad acogedora donde todos los inmigrantes puedan vivir y trabajar, y la cual puedan visitar. La resolución de la ciudad declarándose como Ciudad Santuario es el ejercicio de expresión libre protegida por la constitución, en el cual expresamos nuestro desacuerdo profundo con los mandatos de Donald Trump y nos ponemos de pie en solidaridad con los refugiados sirios. La Ciudad de Cincinnati no lo ha hecho y no violará leyes federales.”


Lo que hace retroceder a los inmigrantes generalmente y, por lo tanto, lo que tienen que enfrentar se reduce a un punto básico. Los Estados Unidos fueron fundados sobre leyes y sobre la base de que, si esas leyes se infringen, debe haber repercusiones. Después del anuncio de la cancelación de DACA, el presidente Trump dijo en una declaración: “Debemos reconocer también que somos una nación de oportunidades porque somos una nación de leyes”. Es un refrán que los inmigrantes y los que están trabajando para ayudarlos han oído muchas veces. “Siempre hemos tenido leyes a lo largo de nuestra historia que han sido injustas”, dice Kathleen Kersh, abogada de Maribel Trujillo. “La esclavitud fue legal. No se les permitía a las mujeres votar. Solamente porque tenemos una ley no significa que es a) moral y b) operativa. Sí, tenemos la obligación de seguir la ley; yo animo a mis clientes a hacer justamente eso: lo mejor que puedan. Pero las leyes injustas necesitan ser desafiadas”.

Como están las cosas ahora, la ley deja abierta la posibilidad de que personas como Gabriela y Manuel Ávila puedan sufrir el mismo destino que Trujillo, cuyos niños nacidos en Estados Unidos no entienden por qué ella no puede volver a casa. Trujillo vive en un estado de constante preocupación por su familia. Cada vez que come, se pregunta si sus hijos han comido. Quiere que ellos la acompañen en México, pero le han dicho que no quieren. “Entiendo, porque es muy difícil. Es un mundo diferente”, dice Trujillo. “Dicen que, ‘mamá, yo no sé leer o escribir perfectamente, yo desconozco la historia de México. Yo conozco la historia de los EEUU’”. Para inmigrantes sin mandatos permanentes de deportación es menos probable que los deporten en el futuro cercano, en parte debido al largo proceso legal. Como explica Kersh, Trujillo fue presa fácil; ya había recibido su orden de deportación en 2014 pero le fue permitido quedarse bajo orden de vigilancia. A pesar de todo lo que tenía a su favor, debido a que su procedimiento no estaba completo, fue un blanco fácil de deportación. Kersh no ha visto tantos casos nuevos aparecer en las noticias como esperaba. La incertidumbre queda merodeando.

“Es muy complicado bajar demasiado las armas”, dice Kersh. “Simplemente no puedes adivinar lo que va a suceder mañana”. Para inmigrantes indocumentados, la imprevisibilidad ha sido esencia de la vida desde el momento en que llegaron. Todavía la mayoría guarda la esperanza de que va a poder vivir una vida sencilla y plena en este país, sin el temor de la deportación.

Dice Gabriela,“La esperanza es lo último que muere.”


Spanish translation by Tiffanie Clark

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